El tiempo,
que vive en nosotros,
inexorable, implacable,
como la arena del mar, que poco a poco,
o quizás, así, repentinamente,
cambia la geografía de sus riveras.
El tiempo.
Pasado, el rostro de mi padre,
envuelto en humo gris y aferrado
al amor para no ser devorado
por las garras del olvido.
Presente, las risas de los hijos,
razón de lucha y esfuerzo.
Futuro, el angosto camino hacia la
muerte.
El tiempo,
huesos cansados, forjados
en tierras duras de viñas y trigales.
Esqueletos en reposo y calma,
flores yertas y lagrimas secas,
desde la carne al humo de los sueños,
aquí todo tiene un destino:
la tumba fría.
Toni Aznar
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Enero 2.012
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